
Por: Ana Catalina Echeverri Mesa
Hace algunos días recordé que, en una Navidad, estando mi hijo muy pequeño, pedí que repartiéramos los regalos antes que el niño se quedara dormido para que supiera quién se los había dado y pudiera dar las gracias. Mi intención era enseñarle, desde esa edad, a ser agradecido.
En ese momento, alguien me dijo que le enseñara mejor a DAR… confieso que el comentario no me fue del todo grato, pero hoy lo entiendo… quizás no en el sentido en que la persona lo expresó, pero sí como principio de vida: «más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35b).
En 2 Corintios 9:6-7 dice: «Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre».
Charles Spurgeon define al «dador alegre» como aquel que da con despreocupación, con espontaneidad, con libertad, con placer.
Sabiendo, entonces, que la bendición de recibir viene como resultado de DAR, cabe preguntarse: ¿qué y cuánto estoy dando? (aclaro que el tema no es solo monetario).
Revisando la columna de nuestro «haber» veremos cuán bendecidos somos, así que esa misma generosidad que Dios nos ha mostrado al darnos todo lo que tenemos, debemos mostrarla nosotros con aquellos que nos rodean: somos bendecidos para bendecir y esa es, al mismo tiempo, nuestra mejor acción de gracias a Dios.
La gratitud y la generosidad son dos virtudes que no vienen de forma natural en nuestra naturaleza humana.
Necesitamos aprenderlas y ejercitarlas de manera deliberada.
¡Hoy es un buen día para comenzar a sembrar generosamente!
