
Por Cristina Puerta Arango
@puertarango
Hace unos días, en un chat que comparto con mis amigas del colegio, una de ellas se quejó por la manera en la que uno de sus tíos le daba dulce a una de sus sobrinas, que era apenas una niña de tres años. Indignada, describía cómo un desayuno de esta pequeña era una galleta con chocolate. Mi amiga, en calidad de médica, contaba con tristeza que luego de algunos años, en una visita al odontólogo, la niña presentó problemas en sus dientes y una producción nula de esmalte.
No entraré en discusión sobre qué es bueno o no para la alimentación de un niño, porque no soy nutricionista o nutrióloga. Sin embargo, quiero traer a colación el ejemplo anterior para hablar de aquellos hábitos o comportamientos que, escondidos en una envoltura de “amor”, lo que encubren es temor al rechazo, temor a no ser amado, temor al qué dirán… y que, si no logramos identificarlos a tiempo, nosotros no seremos los únicos perjudicados, sino también quienes nos acompañan en el camino.
¿Te identificas con alguna de estas frases? “que haga lo que quiera, si eso le gusta”; “este antojito, porque he trabajado muy duro”; “déjelo que disfrute”; “no le va a pasar nada”; “eso no le hace daño”; “con tal de que no llore…”; “uno al año no hace daño”; “es solo una canita al aire”; “haz lo que te haga feliz”… Podríamos nombrar un sinfín de frases cuyo objetivo no es uno diferente a evitar una confrontación incómoda, una pataleta de un niño o un amigo enojado. Y así, de frase en frase, de acción en acción, vamos cultivando lo que seremos. Aquello que alimentamos, eso es lo que crece.
No todo lo que nos hace felices nos hace bien, no todo lo que queremos es lo que necesitamos, no todo lo que esperamos debe cumplirse. El amor verdadero es capaz de exhortar, de abrazar cuando hay pecado, pero acompañar en las consecuencias sin eliminarlas; el amor busca el bienestar del otro siempre, el amor no evita las consecuencias.
Durante esta época de pandemia el amor, como lo conocíamos, concebíamos y expresábamos se puso en jaque. La ventaja es que, cuando permitimos que sea Dios quien cambie y moldee nuestra manera de pensar, entenderemos que el amor no se trata de complacer, sino de cuidar. El amor no se trata de decir todo lo que pienso, sino de ser prudente y hablar en el momento indicado buscando amar al otro con verdad. El reto ahora se convierte en buscar una dependencia tal del Espíritu Santo, que sepamos la medida exacta del cuidado, para que nos enseñe a amar de forma pura, sincera y sin excusas y así, mañana tengamos personas sanas física y emocionalmente a nuestro lado.
